
Rascacielos de Brooklyn (Nueva York, EE.UU.)
A principios del siglo XIX, sólo el 2% de la humanidad vivía en núcleos urbanos. Desde entonces, las ciudades no han dejado de crecer. Hoy en día, el 60% de la población mundial —unos 3.500 millones de personas— vive en grandes áreas metropolitanas, y se prevé que esta cifra será del 70% para 2050. Las ciudades han sido históricamente una fuerza positiva para reducir la pobreza y favorecer el crecimiento económico de los países. La concentración de los trabajadores propicia un mejor aprovechamiento de las inversiones públicas en transporte y fomenta redes empresariales más competitivas. La urbanización del mundo es, por tanto, un proceso imparable.
A pesar de las ventajas, cada vez hay más aristas que hacen tambalear el optimismo con el que siempre se ha contemplado este fenómeno. Satisfacer la acelerada demanda de viviendas a un precio asequible, proveer infraestructuras de transporte adecuadas o garantizar servicios básicos y puestos de trabajo dignos para los ciudadanos, son desafíos que van tomando importancia. Por otro lado, la diversidad, al tiempo que enriquece la identidad urbana y la dota de personalidad, plantea retos relacionados con la convivencia, porque implica ideas contradictorias, intereses opuestos, proyectos incompatibles... Las ciudades son, inevitablemente, escenarios conflictivos, espacios de enfrentamiento.
También a nivel ambiental, el crecimiento de las ciudades comporta impactos relevantes. Las ciudades sólo ocupan el 1,5% de la superficie terrestre pero representan cerca del 80% del consumo de la energía, el 75% de las emisiones de dióxido de carbono y más del 60% del uso de los recursos naturales. También ejercen presión sobre el suministro de agua potable y la gestión de aguas residuales, con importantes consecuencias para la salud pública. Por si fuera poco, el 90% de los residentes urbanos respira aire que no cumple con las normas de seguridad establecidas por la Organización Mundial de la Salud, lo que se traduce en millones de muertes cada año.
La competitividad, el diseño, la innovación tecnológica... Son muchas las cualidades por las que las ciudades se esfuerzan en competir, pero hoy en día lo importante es que funcionen bien para las personas que viven en ellas. Construir ciudades que funcionen —que sean verdes, resilientes e inclusivas— requiere un compromiso en políticas e inversiones, pero también la complicidad de las ciudadanas y ciudadanos. En este contexto, LA CIUDAD DE AMANDA propone un viaje a través de diferentes escenarios urbanos de los cinco continentes, para imaginar cómo podemos hacer más inclusiva, próspera y sostenible nuestra propia ciudad. Las ciudades del futuro no tienen por qué ser un problema, sino una oportunidad.

Entrando en la ciudad (Taroudant, Marruecos)